Se hacen llamar relatos I

El libro de Eduardo

– … algo se pudre en Dinamarca.

– ¿Qué mierda se pudre allá? ¿Y a mí qué mierda me interesa?

– Sólo digo… algo se pudre.

– Hijoeputa… fácil y lo leíste en una cagada de libro.

– Fácil.

Si existe diálogo entre dos personas que son amigos, definitivamente el Chato no lo sabía. Ni bien había cerrado la boca el Chato miró hacia adelante y siguió caminando como si nada hubiera pasado o como si nada hubieran dicho.

“Mierda…”

¿Quién chucha le mandó leer ese estúpido cuento? Por su madrecita que si no lo encontraba en la caja de libros no lo leía. De tanto limpiar libros guardados comenzó a estornudar por culpa de la mierdosa alergia y el libro le interesó aún más, era una buena excusa para descansar. No dejó de estornudar, pero terminó de leer los cuentos. Salir a comprar la puta pastilla para frenar la moqueada era básico ahora. Gurdó el libro en su librero, al lado de sus revistas Maxim y sus libros de Bioquímica, colocó una foto de Eduardo delante – nadie debe saber que tiene aunque sea un libro de literatura en su cuarto – y salió a comprar las pastillas salvadoras. El Chato se aparece a medio camino y, tan hablador como es, le dijo “Hola” y comenzó a caminar con él.

“Mierda!”

No hay pastillas. La cagada, unas quince cuadras más y está la otra puta farmacia, la más completa y barata según la publicidad, pero la más lejana para temas de emergencia como este. “La cagada” pensaba mientras él y el chato silenciosamente emprendían la caminata hasta la otra farmacia. Le daba vueltas la cabeza de tanto estornudo. El Chato, a dos cuadras de la farmacia, para y le dice “Ablaos brother” y se quita. Él llega a la farmacia y encuentra las putas pastillas, compra un blister porque no salen por unidad, pide un vaso y con agua del bidón se toma una de las pastillas.

“Mierda”

Libro conchesumadre, quién le manda a Eduardo ser aficionado a la lectura. El puto cuento le jodió el día. “Dinamarca…” pensaba mientras abría la puerta de su casa. Todos lo miraron entrar y subir, no le importó. Entró a su cuarto y se dio cuenta que la pastilla funcinaba porque ya no estaba estornudando. Se quedó mirando su librero un rato, miraba la foto de Eduardo con el libro detrás. Miraba y miraba sin atinar a moverse. Se dio cuenta que no pensaba en nada.

“A la mierda…”

Saca el libro y deja la foto de Eduardo sobre la mesa al lado de un montón de tarjetas de misa e idioteces parecidas. “Ahora todos son católicos” pensaba mientras bajaba las escalera y miraba a toda la gente que lo miraba. Se dio cuenta que estaba en jean y polo blanco. Se acerca y deja el libro encima de la mesita que tiene recuerdos, fotos y relicarios. Su mamacita querida lo abraza por la espalda y tantas mierdas que soltaba y pensaba se descontrolan y empieza a llorar.

“MIERDA!!”

Se suelta de su mamá y coge el libro. Sale al jardín bajo la mirada atenta de todos los presentes. Murmullos y susurros le llegaban altamente. Saca el encendedor y prende el libro. Veía como el fuego iba cubriendo todo el libro y hasta su mano, no sentía nada. La gente se agolpó alrededor suyo y a patadas y pisotones apagaron el libro. Un señor envolvió su mano en una camisa y el contacto de la piel quemada con la tela le hace doler. “No te lo saques!” le grita una señora al ver que trataba de sacarse la camisa de la mano mientras ella habla por celular pidiendo una ambulancia. Lo llevan dentro de la casa y casi botan el ataúd de Eduardo en un intento de hacer que entre a la cocina. “Conchetumadre” le dice a Eduardo al pasar al lado de su ataúd, en la cocina por poco y lo ahogan tratando de hacer que tome un vaso de agua y casi enseguida llega una ambulancia.

“Mierda…”

Los paramédicos le toman la presión y cojudeces más, lo suben casi al instante a una camilla y lo llevan a la ambulancia. Escuchaba ecos y gritos alrededor suyo, veía el rostro de uno de los paramédicos que le hablaba, pero él no lo escuchaba. “Sobredosis!”, “Tomó un frasco completo”, “Tomo un antialérgico después”, “Quemadura de segundo grado en la mano izquierda…”, “Hijo!!!” y todo se calló. Olió algo raro y Eduardo se reía.

Mierda… definitivamente algo se estaba pudriendo en Dinamarca.

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2 comentarios

  1. Una redacción bizarra y muy buena. Me gustó sobre todo el final…

    Es siempre un placer leerla, mademoiselle…

    besos.

  2. Yo conozco esta webada… ese B, todo por culpa suya. Siempre dije que tienes que juntar tus cojudeces de escritos y publicarlos, ya es hora china. Saludos de Jek y mios. De parte mía un abrazo de aquellos que son solo para ti.


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